La tecnología, tanto en mobiliario como electrodomésticos, es una incorporación inevitable, la consecuencia de la evolución industrial y estas nuevas formas de habitar, las cuales son el resultado de los cambios sociales y culturales de las comunidades.

Decíamos en notas anteriores que la verdadera evolución en el hogar, estaría dada por los nuevos modos de vida.
Estamos inmersos en una época de intersección, una especie de limbo, donde las cosas tienden a lo digital, pero en muchos casos aún pensamos de manera analógica, esta transición llevará al menos un par de generaciones, esto será, cuando los millenians se conviertan en padres y abuelos.

De todos modos, las formas de habitar han mutado y con ello las maneras de apropiarse de los hogares, los programas arquitectónicos tradicionales son repensados constantemente, los usos tradicionales han variado, en gran medida debido a las posibilidades de conectividad.

La nueva tendencia es a la reducción, al desprendimiento, al despojo, a la supresión, a la eliminación…

Los modos de consumos
En los 80´fueron los Yuppies, en los 90/2000 los BoBos (bohemios & burgeses) los Dinks o los Geeks. Hoy vivimos la era de los Detox (un acrónimo que utilizan los analistas de mercado para identificar a los nuevos consumidores, como desintoxicados, propensos a la desintoxicación del consumo).


Para Ignacio Ramonet (Le Monde Diplomatic) “El fenómeno se está extendiendo. En nuestras sociedades desarrolladas, un número cada vez mayor de ciudadanos se plantea modificar sus modos de consumo. No sólo de los hábitos alimentarios, individualizados ya hasta tal punto que resulta prácticamente imposible reunir a ocho personas en torno a una mesa para comer un mismo menú. Sino del consumo en general: la vestimenta, la decoración, el aseo, los electrodomésticos, los fetiches culturales (libros, devedés, cedés), etc. Todas aquellas cosas que hasta hace poco se acumulaban en nuestros hogares como señales más o menos mediocres de éxito social y de opulencia (y hasta cierta medida, de identidad), ahora sentimos que nos asfixian. La nueva tendencia es a la reducción, al desprendimiento, al despojo, a la supresión, a la eliminación… En suma, a la desintoxicación. Al detox, pues. Como si comenzara el ocaso de la sociedad de consumo –establecida en torno a los años 1960 y 1970– y entráramos en lo que se empieza a llamar la “sociedad del desconsumo”.

Cantidad versus calidad
Sin dudas que si esta tendencia se afianza, estaríamos en presencia de un mercado complejo para los productores de bienes de consumo, donde no importaría tanto la cantidad como la calidad, no tanto el precio como las prestaciones que los objetos.
El mismo autor cita un estudio realizado en el Reino Unido según el cual indica que “desde el principio de la revolución industrial, las familias iban acumulando bienes materiales en sus hogares a medida que sus recursos aumentaban. El número de objetos poseídos traducía su nivel de vida y su estatus social. Así fue hasta 2011. Ese año se alcanzó lo que podríamos llamar el “pico de los objetos” (peak stuff). Desde entonces, el número de objetos poseídos no deja de reducirse. Y esa curva, en forma de “campana de Gauss” (con aumento exponencial mientras sube el nivel de vida y que luego, después de un periodo de estabilización, desciende en las mismas proporciones), sería una ley general. Hoy se estaría verificando en los países desarrollados (y en muchas zonas opulentas de Estados del Sur), pero mañana también reflejaría la inevitable evolución en los países en desarrollo (China, la India, Brasil)”.


Algunas sociedades tienen incorporado el derecho a la desconexión digital (Francia) mientras otras, desarrollan aplicaciones para cualificar a la gente (China), situaciones extremas que buscan el equilibrio y adaptarse a estos tiempos. En este sentido la serie Black Mirror es un ejercicio de anticipación interesante para analizar, si bien se trata de una ficción, algunas predicciones se están llevando a cabo.

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Modernidad líquida
El hombre, como especie continuará rodeándose de objetos, es una forma de demostrar su capacidad de dominio sobre la naturaleza, una naturaleza artificial, pero que le permite mantener los rasgos de humanidad, esos rasgos que las máquinas y la tecnología buscan borrar.

Podemos cerrar con una frase del sociólogo y filósofo polaco, Zigmunt Bauman, el autor de la modernidad líquida, reflexiona acerca de los objetos y nuestra relación con ellos: “La cultura líquida moderna ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, como las culturas registradas en los informes de historiadores y etnógrafos. A cambio, se nos aparece como una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido”.

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